Asunción de la Virgen María

Asunción de la Virgen María

Una de las más antiguas tradiciones del Pueblo Cristiano es la piadosísima creencia de que la Virgen María subió a los cielos al final de su vida en cuerpo y alma, al igual que Nuestro Señor Jesucristo el día de su Ascensión. Dicha creencia, compartida desde los primeros tiempos tanto por católicos como por ortodoxos, supone un impulso importante en la veneración de María, Madre del Señor y nuestra, como mediadora de todas las gracias obtenidas de Dios.

A pesar de constituir una creencia sólida –la mayoría de ellas se asientan sobre un principio lógico y teológico- no será hasta mediados del siglo XX cuando el Venerable Pío XII, de feliz memoria, proclame en la bula Munificentissmus Deus la Asunción de Santa María como dogma de Fe del Catolicismo, es decir, como una verdad que no puede ser cuestionada (no obstante, todos los dogmas de fe antes de ser promulgados deben haber sido estudiados minuciosamente durante mucho tiempo a la luz de la tradición y las Escrituras por sabios teólogos). Grandes santos y padres de la Iglesia, como Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona, expresaron fundadamente su apoyo intelectual a la piadosa creencia de la Asunción, fiesta cuya celebración se tiene constancia escrita desde el siglo VI aunque, presumiblemente, su celebración es mucho anterior.

El dogma de la Asunción condensa en sí tres momentos fundamentales de la vida de María: su muerte corporal, la resurrección y su traslado en cuerpo y alma a los Cielos de una forma casi yuxtapuesta. De este modo, la tradición popular tampoco hace referencia a la “muerte” sino tan sólo a la “dormición” de la Virgen, tomando como base los relatos de los primeros cristianos y la tradición oral.

De este modo, el Arte Cristiano se ha prodigado en la representación artística (sobre todo en pintura y escultura) de este momento clave de la Vita Mariae.

En la Catedral de Tui podemos observar cómo la imagen de la Asunción, titular del templo, pende del techo primorosamente centrando el crucero, dando la sensación de que, realmente, está ascendiendo sobre el aire. Se trata de una bella imagen, de delicadas facciones, ampulosidad en los ropajes y esmerada policromía realizada en el siglo XVIII. Posiblemente, formara parte de un retablo neoclásico hoy desaparecido. En la representación, la Virgen, es elevada a las alturas sobre una nube sostenida por un coro de angelotes que resaltan la excelsitud de María como reina de cielos y tierra.

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